Cuando el adulto mayor sufre de alguna enfermedad degenerativa de la mente, como el Alzheimer, comienza a perder ciertas habilidades cognitivas, que con el progreso del tiempo y el envejecimiento se van haciendo más evidentes y pueden causarle así mismo cambios en su estado de ánimo, producidos por un episodio de confusión, estrés o ansiedad.

Uno de estos cambios anímicos, que es además de los más graves, es la depresión y en muchos casos se presenta prematuramente. El riesgo de depresión aumenta cuando la persona es soltera o viuda, tiene antecedentes de episodios depresivos, enfermedades concomitantes graves, especialmente si generan dolor o mayor incapacidad, tienen escaso soporte familiar y/o social, hay alteraciones en el sueño, si vive solo(a), o toma fármacos que pueden producir por sí mismas depresión (como la progesterona).

La soledad puede provocar un avance significativo en el deterioro cognitivo de la persona, al poder provocar sentimientos como el abandono y la tristeza. Este sentimiento en particular, puede provocarse como una colateralidad a los episodios de amnesia producidos por el Alzheimer, donde el adulto mayor puede perder la noción de dónde se encuentra y quién es.

Así mismo, cuando el adulto mayor se siente solo, puede encontrarse abatido y descuidar tanto su aspecto físico como su salud.

Por otra parte, el estrés que puede generar esta enfermedad, a su vez puede desencadenar frustración e ira en quien la padece, por su impotencia de no poder realizar alguna actividad como antes quizá sí podía, así como también producir miedo por perder el conocimiento de su entorno y de aquellos quienes lo rodean.

Aunado a los cambios en el estado de ánimo, el Alzheimer también puede desencadenar cambios en la personalidad del adulto mayor; pudiendo llegar a tornarse rígido, inflexible y egocéntrico, así como perder su interés en antiguas actividades o pasatiempos que le gustaba hacer.

Además, es común que entre su confusión se sientan inquietos, deambulen por la casa haciendo ruido, encendiendo y apagando luces o revolviendo cajones y papeles. Incluso, en casos donde se lleva a vivir al adulto mayor a otra casa, pueden llegar a fugarse, por no reconocer la vivienda.

A medida que la enfermedad avanza, el adulto mayor se muestra renuente a cuidar de su propia higiene, así como de su alimentación, y en general, descuida su propia persona.

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